Autor: Javier Burrieza

Portada de un folleto publicitario
La utilización de los balnearios se remonta a la antigüedad, con los romanos como descubridores de aguas termales, canalizadas en establecimientos que han llegado hasta la actualidad. De este uso medicinal tampoco estuvieron ausentes los árabes e incluso la España cristiana medieval, donde fueron desapareciendo los baños públicos. Hasta la modernidad, ciertos sectores privilegiados y acomodados no se interesaron por la terapia de las aguas. En 1697, el médico Alfonso Limón Montero escribía “El espejo cristalino de las aguas de España”, con el desarrollo a partir de entonces de distintos tratados científicos acerca de la hidrología. Este tema no pasará desapercibido a la Ilustración y los tomos de la “Historia Universal de las Fuentes Minerales de España”, escritos por Pedro Gómez de Bedoya, permitió un análisis de los principales manantiales de la Monarquía. En el siglo XIX, las antiguas termas empezaron a tener un uso hostelero. Había sido Vincenz Priessnitz el que abrió, en 1799, el primer establecimiento moderno de hidroterapia. Previo al liberalismo, se decretó en 1816 el “Reglamento de Aguas y Baños Minerales”, llegando a mediados del XIX a más de un centenar de balnearios con dirección facultativa en España. Lugares que llamarán a una prolongación de las estancias. Por eso, se fueron especializando en sus construcciones hosteleras que alcanzaron una notable expansión a partir del reinado de Isabel II. Los balnearios configuraron su importancia económica, naciendo el “capitalismo termal”, destinado no sólo a los enfermos sino también a sus acompañantes. Las desamortizaciones comunicaron a manos privadas la posesión y explotación de estos manantiales, con nuevos propietarios o sociedades que otorgarán un impulso a estos espacios con su propia arquitectura. Los empresarios eran hombres de negocios, aristócratas, médicos y farmacéuticos. Se iba configurando una “clientela acomodada y un alto volumen de negocio”. A estas características respondían balnearios como el guipuzcoano de Cestona. El Norte de Castilla informaba del regreso de los vallisoletanos que habían acudido a estos establecimientos.

Balneario de El Arnedillo, La Rioja
En el tiempo de la Restauración alfonsina, ante las necesidades de la nueva burguesía, se empezaron a construir los grandes hoteles vinculados con los balnearios. Respondía su decoración a estilos evocadores y atrayentes. Todo ello se encontraba contextualizado dentro de la aparición de lo que hoy llamamos vacaciones estivales, con una primera expansión de los medios de transporte, así como una modernización de las instalaciones hidroterápicas. Espacios para el reposo del cuerpo y del espíritu pero también para la recreación, pues a los efectos de las aguas y del clima, había que añadir la dimensión lúdica que se veía reflejada en la construcción de casinos y teatros dentro del balneario. Ya era el turismo termal una realidad. Se trataba de hacer la estancia mucho más agradable. Cultivo también del cuerpo con la construcción de piscinas de natación. Habrá que esperar al siglo XX, para que los balnearios se unan al cuidado de la belleza.

La Infanta Isabel visitó el balneario de Las Salinas
A partir de 1898 se produce la primera decadencia de estos establecimientos pero también su renovación. En 1907, se construía el Gran Hotel del balneario pontevedrés de La Toja o se inauguraba en 1912 el de las Salinas en Medina del Campo, inspirado en los Palacios del veraneo real, especialmente en el de la Magdalena de Santander. Respondía a la estética del eclecticismo de corte victoriano, tan presente en España por aquellos años. Fue el senador Manuel Ortiz de Pinedo el que compró los terrenos y manantiales. No para la obtención de la sal que se realizaba desde la época de los Reyes Católicos, sino por los efectos curativos de sus aguas. El primer balneario se inauguró en 1891, favoreciéndole notablemente la declaración de utilidad pública por parte del Real Consejo de Sanidad, lo que permitió la constitución de la sociedad “Aguas y Balneario de Medina del Campo” en 1911. Ésta construyó el nuevo edificio. El prestigio del balneario permitió la visita de la popular infanta Isabel de Borbón, la famosa “Chata”.

Cuando los jesuitas fueron disueltos de España por la Constitución republicana de 1931 y sus colegios cerrados, los profesores —especialmente los del San José de Valladolid con los padres Encinas y Fernández Cid— decidieron trasladar su labor docente con los alumnos españoles —muchos vallisoletanos— a balnearios portugueses como el de Curía, cerca de Coimbra. Portaban ideales pedagógicos renovados. Estos establecimientos, vacíos de clientes en invierno, se llenaron de alumnos de los jesuitas españoles, que abandonaban aquellos edificios en el mes de junio, para dejar paso libre a los habituales de las aguas termales. La guerra civil transformó algunos en hospitales. El medinense de las Salinas lo fue de tropas marroquíes en 1936. En la posguerra, habrá intentos por recuperar la actividad de los balnearios, aunque con una dimensión menos recreativa, sin olvidar el tratamiento de la tuberculosis todavía presente en la vida cotidiana de los españoles. El descanso estival, sobre todo avanzando el franquismo, no iba por estos caminos. Para entonces, los “baños de ola” ya se habían prodigado.
*Valladolid, veraneo con historia. Capítulo III